Antigua Casa de los Abades: Es un edificio que se encuentra a la izquierda de la Colegiata. casona de finales del siglo XVII. Perteneció a la familia Barreda Bracho. Los escudos de la fachada son modernos, obra de Jesús Otero
Ayuntamiento: Situado en la plaza Ramón Pelayo, en un palacio barroco. Es notable su balconada de hierro fundido con un escudo en la parte superior.
Casa de Valdivieso: hoy hotel Altamira. Data de 1710. Se encuentra en la parte final de la calle del Cantón, a la derecha. Posee un blasón situado en la esquina
Casa de los Hombrones: Está situada junto a la llamada casa de Leonor de la Vega, en la calle del Cantón. Es una casa construida entre el siglo XV y el XVII. Se le dio este nombre por los dos caballeros con bigote que sostienen el enorme escudo barroco de la fachada, blasón de los Villa.
Casa de los Quevedo: Se encuentran junto al abrevadero que hay unos metros antes de la Colegiata. Datan de los siglos XVII-XVIII. Son dos casas colocadas en escuadra de manera que forman una sola vivienda. La casa de la parte norte es la Casa de Cossío y la de la parte sur es la Casa de Quevedo. En la primera puede verse el blasón de los Cossío. En la segunda, que perteneció a un familiar de Francisco de Quevedo y Villegas se ve el escudo de la familia Quevedo. La Casa de los Quevedo es de sillería y tiene un túnel abovedado que sirve de desagüe al abrevadero y al río.
Casa de los Tagle: Se encuentra en la zona llamada Campo de Revolgo. Edificio de finales del siglo XVII, erigido por una familia que se enriqueció en México. Se trata de una casona montañesa con fachada de sillería y portada con dos arcos de medio punto.
Casa de los Villa: Casa frente al Palacio de Benemejís. Del siglo XVIII con balcones tipo púlpito y escudo.
Casa del Águila: Están junto al Ayuntamiento, en la misma plaza. Son dos edificios distintos adosados. La Casa de la Parra se llama así porque tuvo una gran parra en la fachada; es una edificación gótica de principios del siglo XVI. La casa del Águila o de los Estrada es del siglo XVII. Luce el blasón de Estrada y Tagle en su fachada. Actualmente es una sala de exposiciones del Gobierno Regional. Delante de estas casas hay un bisonte, escultura de Jesús Otero.
Casa Leonor de la Vega: Se encuentra en la calle del cantón. Es de finales del siglo XV y principios del XVI, por lo parece que no puede ser, a pesar de lo que señala la tradición, un edificio en el que viviera doña Leonor de la Vega, madre del primer Marqués de Santillana. En la fachada pueden verse tres escudos góticos de la casa de la Vega.
Colegiata de Santa Julia: La hoy conocida como Colegiata de Santa Juliana tiene su origen en la expansión del antiguo monasterio del mismo nombre, a mediados del siglo XII. Fue construido por un grupo de monjes para contribuir a la repoblación de la zona y crear una pequeña ermita en la que exponer las reliquias de la mártir Juliana, que traían consigo . Por aquel entonces la aldea toma el nombre del monasterio: “Sancta luliana”, que declinó en la actual Santillana.
Hoy en día no se conservan restos delmonasterio primitivo. Se supone que era una sencilla construcción de piedra con ábside rectangular y cubierta de madera, a semejanza de otras edificaciones visigóticas o mozárabes. De la estructura actual destaca la iglesia, de estilo románico influenciada por las corrientes del sur, a partir del paso delCamino de Santiago por las provincias de Burgos y Palencia. Su fachada principal se encuentra orientada al sur y precedida de un amplio atrio, cuenta con un arco de medio punto rodeado de arquivoltas con un friso que representa al Pantocrator y una hornacina con la imagen de Santa Juliana en el friso. Sus capiteles reflejan una gran variedad de motivos florales y figurados, ambos representativos de la iconografía románica.
El claustro se encuentra situado en la fachada norte del conjunto y sus capiteles muestran los principales elementos decorativos utilizados en la época, florales, geométricos y figurados. Predominan los arcos sobre dobles columnas, aunque también se encuentran pilares de cuatro columnas, que hacen las funciones de separadores de temas. Entre los temas representados se encuentran escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Cabe destacar su retablo mayor, realizado entre finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI y que mezcla elementos del gótico flamígero y del plateresco.
Convento de las Dominicas: Se encuentra frente al Museo Diocesano. Fue fundado a mediados del siglo XVI.
Cueva y Museo de Altamira: La cueva de Altamira fue descubierta en 1868 por un cazador llamado Modesto Cubillas, quien encontró la entrada al intentar liberar a su perro, que estaba atrapado entre las grietas de unas rocas por perseguir a una presa. En aquel momento, la noticia del descubrimiento de una cueva no tuvo la menor transcendencia entre el vecindario de la zona. Es un terreno kárstico, caracterizado por poseer ya miles de grutas; así que una más, no supuso ninguna novedad.
Marcelino Sanz de Sautuola, «mero aficionado» en paleontología,nb 1 debió conocer la existencia de la cueva directamente por boca del mismo Cubillas, aparcero en su finca. No obstante, no la visitó hasta al menos 1875, y muy probablemente en 1876. La recorrió en su totalidad y reconoció algunos signos abstractos, como rayas negras repetidas, a las que no dio ninguna importancia por no considerarlas obra humana. Cuatro años después, en el verano de 1879, volvió Sautuola por segunda vez a Altamira. En esta ocasión, acompañado por su hija María Faustina Sanz Rivarola, de alrededor de 8 años. Tenía interés en excavar la entrada de la cueva con el objetivo de encontrar algunos restos de huesos y sílex, como los objetos que había visto en la Exposición Universal de París en 1878.
El descubrimiento lo realizó, en realidad, la niña. Mientras su padre permanecía en la boca de la gruta, ella se adentró hasta llegar a una sala lateral. Allí vio unas pinturas en el techo y corrió a decírselo a su padre. Sautuola quedó sorprendido al contemplar el grandioso conjunto de pinturas de aquellos extraños animales que cubrían la casi totalidad de la bóveda.
Al año siguiente, 1880, Sautuola publicó un corto opúsculo titulado Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander. En él sostenía el origen prehistórico de las pinturas e incluía una reproducción gráfica. Expuso su tesis al catedrático de Geología de la Universidad de Madrid, Juan Vilanova, que las acogió como propias. Pese a todo, la opinión de Sautuola no fue aceptada por los franceses Cartailhac, Mortillet y Harlé, los científicos más expertos en estudios prehistóricos y paleontológicos en Europa.
Las pinturas de Altamira fueron el primer conjunto pictórico prehistórico de gran extensión conocido en el momento. Tal descubrimiento determinó que el estudio de la cueva y su reconocimiento levantó toda una polémica respecto a los planteamientos aceptados en la ciencia prehistórica del momento.nb 5 La novedad del descubrimiento era tan sorprendente que provocó la lógica desconfianza de los estudiosos. Se llegó a sugerir que el propio Sautuola debió pintarlas entre las dos visitas que realizó a la caverna, negando así su origen paleolítico, o incluso atribuyendo la obra a un pintor francés que había sido alojado en casa del guía de la cueva, aunque la mayor parte de los expertos franceses consideraban a Sautuola como uno de los engañados. El realismo de sus escenas provocó, al principio, un debate en torno a su autenticidad. El evolucionismo aplicado a la cultura humana fue un enemigo, tribus antiguas y salvajes no podían disponer de arte. Por lógica si el arte es símbolo de civilización debería haber aparecido en las últimas etapas humanas y no en pueblos salvajes de la Edad de Piedra. Su reconocimiento como una obra artística realizada por hombres del Paleolítico supuso un largo proceso en el que, también, se van a ir definiendo los estudios sobre la Prehistoria. Ni la ardiente defensa de Vilanova en el Congreso Internacional de Antropología y Arqueología, celebrado en Lisboa, en 1880, ni el afán de Sautuola evitaron la descalificación de Altamira. Pero un reputado humanista y político liberal sevillano (Lebrija, 1815), Miguel Rodríguez Ferrer, publicó un artículo en la prestigiosa revista La Ilustración Española y Americana (1880), avalando la autenticidad de las pinturas y resaltando su inmenso valor.
Giner de los Ríos, como director de la Institución Libre de Enseñanza, encarga un estudio al geógrafo Rafael Torres Campos y al geólogo Francisco Quiroga, quienes emitieron un informe desfavorable, que publicaron en el boletín de la institución (16-XI-1880 161-63).
La oposición se hizo cada vez más generalizada. En España, en la sesión de la Sociedad Española de Historia Natural del 1 de diciembre de 1886 el director de la Calcografía Nacional dictaminaba que:
(...) tales pinturas no tienen caracteres del arte de la Edad de Piedra, ni arcaico, ni asirio, ni fenicio, y sólo la expresión que daría un mediano discípulo de la escuela moderna (...). Eugenio Lemus y Olmo
Sautuola y sus pocos seguidores lucharon contra esa sentencia. La muerte de Sautuola en 1888 y la de Vilanova en 1893 sumidos en el descrédito por su defensa, parecían condenar definitivamente las pinturas de Altamira a ser un fraude moderno.
Su valor era avalado por los frecuentes hallazgos de otras piezas de arte mueble similares en numerosas cuevas europeas. A finales del siglo XIX, principalmente en Francia, se descubrieron pinturas rupestres innegablemente asociadas a las estatuillas, relieves y huesos grabados aparecidos en niveles arqueológicos paleolíticos, unidos a restos de animales desaparecidos de la fauna peninsular o extinguidos, tales como mamut, reno, bisonte y otros.
En ese reconocimiento, destacó muy positivamente Henri Breuil. Sus trabajos en torno al tema «El arte parietal», presentados en el congreso de la Asociación Francesa para el Avance de las Cienciasnb 7 en 1902, provocaron cambios sustanciales en la mentalidad de los investigadores de la época.
Émile Cartailhac fue uno de los más grandes opositores a la autenticidad de Altamira. El descubrimiento de grabados y pinturas a partir de 1895 en las cuevas francesas de La Mouthe, Combarelles y Font-de-Gaume, le hizo reconsiderar su postura. Tras visitar la cueva, escribió en la revista L'Antropologie (1902) un artículo titulado La grotte d' Altamira. Mea culpa d'un sceptique (La cueva de Altamira. Mea culpa de un escéptico).38 Ese artículo conlleva el reconocimiento universal del carácter paleolítico de las pinturas de Altamira.
Fijada la autenticidad de las pinturas, se inició el debate sobre la propia obra. La divergencia entre los investigadores se centró en torno a la precisión cronológica, la misteriosa finalidad de las mismas y sus valores artístico y arqueológico. Estas cuestiones afectaron, no sólo a la cueva de Altamira, sino a todo el arte rupestre cuaternario descubierto.
Palacio de los Velarde: Se encuentra en la Plaza de las Arenas. Es un edificio de transición del gótico al renacimiento, iniciándose la construcción en el siglo XV y modificándose en el XVII. La fachada tiene un hastial escalonado y pináculos decorativos. Tiene el blasón de los Velarde.
Torre de Don Borja: Está en la plaza de Ramón Pelayo. Aunque debió tener origen medieval, la parte conservada y restaurada parece ser de finales del siglo XV o principios del XVI. A los lados del antepecho se ve un escudo con el blasón de los Barreda. Tiene un patio interior que une los dos volúmenes. Debe su nombre a don Francisco de Borja Barreda, último descendiente de los Barreda en el siglo XIX. Entre sus propietarios posteriores estuvo la infanta doña Paz de Borbón. En 1981 fue restaurada para ser la sede de la Fundación Santillana.
Torre del Merino: Está situada en la antigua plaza del mercado, hoy de Ramón Pelayo. Se trata de una torre del siglo XIV, rematada por almenas. Se le llama así por ser el lugar en que moraba el merino, funcionario que representaba al rey.
Torre de los Velarde: Al final de la calle de la Carrera. Vieja casa-torre del siglo XV, en piedra sillería con dos puertas góticas.